Pensemos en el siguiente relato comparativo: Alejandro (el Grande) y Jesús (el Hijo del Carpintero).

Alejandro vivió y murió para sí mismo, Jesús vivió y murió por ti y por mí. Alejandro, un griego, murió en un trono, Jesús, un judío, murió en una cruz. La vida de Alejandro consistía en dirigir numerosos ejércitos, conquistó 10 ciudades para sí mismo, Jesús en cambio tenía sólo 12 discípulos y a veces andaba solo. Alejandro ensangrentó el mundo con sus conquistas, Jesús dio su propia sangre. Alejandro murió en Babilonia, Jesús en el calvario. Alejandro ganó todo para sí, Jesús se dio a sí mismo. Alejandro esclavizó a muchos hombres, Jesús los libertó.

¿Verdad que el propósito de la vida de Alejandro y el propósito de la vida de Jesús fueron diferentes? ¿Tiene usted algún propósito definido en su vida? Es alarmante saber que la mayoría de seres humanos no conocen cuál es el propósito magistral de su vida, pero hagamos un rápido recuento del porqué.

Luego de ser creados el hombre y la mujer, Dios les dio a escoger si comer del árbol de la vida o si comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, pero para esto se llevó a cabo una tentación. Observemos en Génesis 3:1 que el tentador era muy astuto, nos muestra su astucia, cuando pregunta, ¿Con qué Dios os ha dicho que no comáis de todo árbol de huerto? Más tarde, aquella astucia va tomando fuerza, se nos muestra en los versículos 4 y 5, cuando el tentador afirma a Eva que no morirá, sus palabras fueron: “Sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”.

El tentador puso en tela de duda si creer o no creer a Dios. Recordemos que Adán y Eva acababan de ser creados y ante semejante perspectiva del tentador, no podían estar seguros si Dios les dijo la verdad o si por el contrario les mintió.